martes, 11 de febrero de 2014

DAR SIN PEDIR NADA A CAMBIO.

                                                                                     Bueno es dar cuando nos piden; pero mejor es dar sin que nos pidan, como buenos entendedores.
                                                                                     Khalil Gibran (1883-1931) Ensayista, novelista y poeta libanés.

Era una mañana fría, me disponía a regresar a mi pueblo después de despedir el año viejo, no pude estar con la familia el 31 de diciembre ni el primero de enero, la nostalgia me invadía, era ya tres de enero, todos ya habían regresado a la cotidianidad de sus vidas y yo apenas iba por los abrazos y los buenos deseos de mi familia por el nuevo año, me sentía afligido.
 Hacía poco más de seis meses que me nació  la costumbre de comprar en el parque de San Juan (Mérida) jugo de naranja antes de viajar para acompañar el desayuno con el que mi madre siempre me recibía cálidamente en el hogar. esta vez no fue la excepción, ahí estaban los esposos que me vendían el mas exquisito de los jugos.  
 Ya en mi pueblo después de bajar del autobús, camine con pasos desganados hacia el parque principal. Y allí, desde lo lejos visualice a una humilde anciana. Jamás la había visto antes, se preparaba a descansar en una de las bancas de ese lugar, su ropa sucia, vieja y arrugada sugería un estado de pobreza. Coloco a su lado una mascada roja atada a sus cuatro puntas haciendo de este una especie de maleta improvisada ya que en su interior se notaba algunas ropas y otras de sus sencillas pertenencias gracias a la ligera transparencia de la tela. No sé qué tan pesado era pero al asentarlo note un alivio en el cansado cuerpo de esta mujer, quizá simplemente sea causa de su avanzada edad.
 Con cada paso que yo dada me acercaba más hacia ella porque estaba a la vera de mi camino natural, por alguna razón mi mirada estaba fija en ella desde que la descubrí, jamás se percató de ello. En mi mente pasaban muchas cosas, había comenzado yo semanas atrás un ejercicio de cambio de mentalidad, me rediseñaba atreves de la meditación y me enseñaba a ser más abierto y menos prejuicioso y sin embargo me veía analizándola. Pude notar su ansiedad, su inseguridad, su figura era tensa, de nerviosismo, los giros bruscos de su cabeza daban la impresión que huía de algo o alguien. Tal vez padecía alguna enfermedad mental.
 Sus manos tomaban una bolsa de doritos y una de las más pequeñas botellas de refresco que se comercializan en las tiendas de esquina. Entendí que se disponía a desayunar, protegía ese bocado como si alguien quisiese arrebatárselo, eligió esa banca porque era la más apartada de las personas que ahí se encontraban.
 En mi ejercicio también me había propuesto ser más atento a las oportunidades de dar sin que me lo pidan, ya sea tiempo, incluso espacio, ya sea ayuda, ya sea dar alguna pertenencia, ya sea el solo hecho de escuchar, ya sea solo el hecho de estar al lado de alguien, dejar de ser solo para mí para ser para alguien más. La iniciativa no se me daba. Por alguna tonta razón siempre esperaba que me pidieran algo, siempre esperaba que dieran el primer paso, que siempre me pidieran ayuda. Siempre me ha sido un placer poder servir a los demás, pero siempre me tenían que pedir su ayuda o lo que quisiesen de mí. Pero ahí tenía una oportunidad para poner a prueba mis avances y no la quería desaprovechar.
Bastaban dos o tres pasos para pasar de largo, pero ya estaba decidido, en el último paso cambie de dirección y me dirigí directamente a ella, fue entonces cuando me vio, su ansiedad y nerviosismo se hizo miedo, su rostro se puso más tenso, oculto torpemente su bocado con una mano mientras que la otra mano se posó en su maleta improvisada mientras sus ojos se posaban sobre los míos pidiendo clemencia, preparaba la huida. Entonces, estire mi mano al mismo tiempo que le regalaba una ligera sonrisa, fue hermoso ver como ese miedo desapareció esfumándose en milésimas de segundos, sus ojos brillaron, la tensión en el rostro se convirtió en un buen gesto, se convirtió en sonrisa,  la mano que protegía sus pertenencias envueltas por el manto rojo se apartó de este apresuradamente para dirigirse a tomar lo que mi mano ofrecía.
 Y la magia se hizo eco
-gracias joven, Dios me lo bendiga.
Me pregunte ¿cómo es que dando tan poco, podemos recibir tanto?
Me sentía segundos antes nostálgico, un tanto vacío, y ahora me sentía feliz, renovado y sobre todo útil. Estaba en buen camino, lo estaba logrando, algo ha cambiado, me dije. Logre transformar su miedo en confianza, logre transforma mi miedo en acción.
 Llegue a casa y mi madre me abrazo como solo una madre abraza y yo le devolví ese abrazo como solo lo hace alguien que extraña, nos deseamos feliz año y seguimos con la rutina. Ya en la mesa tras un pequeño lapso de tiempo, después de servirme el desayuno; mi madre pregunto. ¿No compraste tu jugo hijo? respondí –no mamá,  Y sonreí…

Miguel C. Tapia.

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