viernes, 17 de julio de 2015

LA FLOR DE LA CONQUISTA DIARIA.

La memoria es una experiencia sustituta, en la cual se da todo
 el valor emocional de la experiencia actual sin su tensión, sus visicitudes y sus perturbaciones.
John Dewey (1859-1952 ) Filósofo estadounidense.

En el filo de la noche yacía en la cama con los ojos abiertos aguardando la mañana, sus pensamientos divagaban en esa figura femenina que horas antes le había regalado una sonrisa.
-¿Porque? - Se tomaba los cabellos con desesperación al no poder deshacerse de su encanto.
-Un solo cruce de miradas, una sola sonrisa y ¿ya estoy perdido por ella? ¡No puede ser! -Se decía con rabia, pues sabía que de ahora en adelante su presencia no pasaría desapercibida en la oficina.
Para un chico tímido como lo era solo le aguardaban dos opciones: O bajaba la mirada al verla o dejaba que la magia lo inundara.
Permaneció despierto hasta que los cantos matinales de las aves lo sacaron de su profundo pensamiento, era hora de decidirse. Suspiro, cerro los puños con fuerza cual guerrero a punto de asestar un golpe al enemigo. Sabía que el primer obstáculo a ella era el mismo. Así que apretando con fuerza su puño se dijo:
-¡YO PUEDO! -Y así comenzó su hazaña.
Tomando una hoja de papel y haciendo uso de su destreza en las manualidades que su hermana le obligo a aprender construyo algo parecido a una rosa y en uno de sus pétalos escribió:
TU SONRISA ES MÁGICA
POR FAVOR,
REGALAMELA CADA MAÑANA.
36 años después de esa fría noche despertó abrazado de una dama que al despertar lo aparto con furia de su lado.
¿Quién eres? Le pregunto con el rostro tenso, furiosa y a la vez atemorizada.
-Tranquila mi hermosa viejita, soy yo. -le dijo sin poder calmarla.
-¿quien? No te conozco. ¿Qué haces aquí? -le Pregunto con la voz temblorosa.
-Tranquila, ¡mira! -le dijo metiendo la mano dentro de un estuche de porcelana que emitía al abrirse una suave melodía musical.
Al sacar la mano y cerrar el estuche el rostro de la mujer se fue serenando lentamente.
-Toma -le dijo él.
Al recibir el objeto, desplegó una sonrisa, la misma sonrisa que desde hacía 36 años le había enamorado.
-Humberto – alcanzo a decir con una mirada tierna y amorosa.
Era la misma flor que un día le regaló y que ahora, desde hace dos años le regalaba cada mañana como si fuera la primera vez que lo hacía.
Con eso la conquistaba todos los amaneceres y él se conformaba con verle esa sonrisa mágica dibujada en su rostro, un rostro, que a menudo lo opacaba el alzhéimer.
Gracias a esa hermosa flor ella lo reconocía por unos instantes.
Un pequeño detalle que le marco toda su vida.
Un "YO PUEDO" que se recita con orgullo todos los días cual guerrero que era.



Miguel Tapia



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