La memoria es una experiencia sustituta, en la cual se da todo
el valor emocional de la experiencia actual sin su tensión, sus visicitudes y sus perturbaciones.
John Dewey (1859-1952 ) Filósofo estadounidense.
En el filo de la noche yacía en la cama con los ojos abiertos aguardando la mañana, sus pensamientos divagaban en esa figura femenina que horas antes le había regalado una sonrisa.
-¿Porque? - Se tomaba los cabellos con desesperación al no
poder deshacerse de su encanto.
-Un solo cruce de miradas, una sola sonrisa y ¿ya estoy
perdido por ella? ¡No puede ser! -Se decía con rabia, pues sabía que de ahora
en adelante su presencia no pasaría desapercibida en la oficina.
Para un chico tímido como lo era solo le aguardaban dos
opciones: O bajaba la mirada al verla o dejaba que la magia lo inundara.
Permaneció despierto hasta que los cantos matinales de las
aves lo sacaron de su profundo pensamiento, era hora de decidirse. Suspiro,
cerro los puños con fuerza cual guerrero a punto de asestar un golpe al
enemigo. Sabía que el primer obstáculo a ella era el mismo. Así que apretando
con fuerza su puño se dijo:
-¡YO PUEDO! -Y así comenzó su hazaña.
Tomando una hoja de papel y haciendo uso de su destreza en
las manualidades que su hermana le obligo a aprender construyo algo parecido a
una rosa y en uno de sus pétalos escribió:
TU SONRISA ES MÁGICA
POR FAVOR,
REGALAMELA CADA MAÑANA.
36 años después de esa fría noche despertó abrazado de una
dama que al despertar lo aparto con furia de su lado.
¿Quién eres? Le pregunto con el rostro tenso, furiosa y a la
vez atemorizada.
-Tranquila mi hermosa viejita, soy yo. -le dijo sin poder
calmarla.
-¿quien? No te conozco. ¿Qué haces aquí? -le Pregunto con la
voz temblorosa.
-Tranquila, ¡mira! -le dijo metiendo la
mano dentro de un estuche de porcelana que emitía al abrirse una suave melodía
musical.
Al sacar la mano y cerrar el estuche el rostro de la mujer
se fue serenando lentamente.
-Toma -le dijo él.
Al recibir el objeto, desplegó una sonrisa, la misma sonrisa
que desde hacía 36 años le había enamorado.
-Humberto – alcanzo a decir con una mirada tierna y amorosa.
Era la misma flor que un día le regaló y que ahora, desde
hace dos años le regalaba cada mañana como si fuera la primera vez que lo
hacía.
Con eso la conquistaba todos los amaneceres y él se
conformaba con verle esa sonrisa mágica dibujada en su rostro, un rostro, que a
menudo lo opacaba el alzhéimer.
Gracias a esa hermosa flor ella lo reconocía por unos
instantes.
Un pequeño detalle que le marco toda su vida.
Un "YO PUEDO" que se recita con orgullo todos los
días cual guerrero que era.
Miguel Tapia
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